Diario de Jesús -27-

Los acontecimientos se precipitaban. No se necesitaba ser un lince para constatar que el cerco se iba cerrando a mi alrededor. Comprendí que Judas formaba parte de la conspiración contra mí. Pero no me di por vencido, yo lo seguía amando a pesar de todo. Mi fidelidad al Padre exigía dar la cara y no huir. Si tenía que morir, mejor morir cuanto antes. Aquella noche quise darle un relieve espacial, y dije que prepararan una cena a la que no debía faltar nadie.

Me desahogue ante ellos: "No hay mayor amor que dar la vida. Se lo he dicho de muchas maneras. La voluntad del mi Padre no es buscar exclusivamente el pan para el estómago, sino el pan que alimenta los corazones para la vida eterna. Y ese pan soy yo. Tomen y coman, porque este pan es mi cuerpo que será entregado por ustedes".

Vivíamos un momento de gran emoción. Judas se había retirado y ya nada obstaculizaba la efusión de mi afecto. Estaba seguro de que era mi última noche. Terminamos la cena y serví la última copa de vino: "Tomen y beban, es la copa de mi sangre que será derramada por ustedes y por todos los hombres y mujeres para el perdón de los pecados".

Las lágrimas se asomaron a mis ojos. No pude continuar. Salimos de casa. Ya era noche cerrada.

(Fotos: La primera es el cenáculo del Monte Sión, donde la tradición coloca la Última Cena, la segunda es uno de los olivos bimilenarios del Monte de los Olivos, la foto la tomé la noche que llegué a Jerusalén

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